Mi cuerpo, mi decisión ¿y qué hago con mi mente?

Siempre lo tuve claro: mi cuerpo, mi decisión. Hubo un tiempo en el que el debate estaba en la calle, en todos los telediarios y en los programas de tertulias. Yo me posicioné a favor de ellas, las que se manifestaban con sus pancartas por los derechos de todas las mujeres, expuestas al dedo acusador de la sociedad. Las que tildaban de promiscuas, libertinas y pecadoras. Suscribí cada una de sus palabras porque luchaban también por mí (aunque en aquel momento aún no sabía hasta qué punto).

El aborto es un derecho legal en muchos países, aunque en algunos, desgraciadamente sigue siendo un procedimiento poco accesible. Según la OMS se practican aproximadamente unos 40millones de abortos al año en el mundo (más de la mitad considerados no seguros) cifra que según Médicos Sin Fronteras causa la muerte de 47.000 mujeres jóvenes y adultas al año. Todos estos datos forman parte de mi convicción como feminista de que las mujeres deben poder decidir libremente si desean gestar o no, y que queda mucho por hacer en este tema.

Un día cualquiera, cuando el debate se había enfriado (hasta las próximas elecciones) lo supe: Estaba embarazada y la decisión de no traer al mundo un hijo era tan clara como la línea roja del test de embarazo.

No explicaré como sucedió. No tengo porque decir si me falló el anticonceptivo con mi pareja de toda la vida o estaba muy borracha para saber si aquel chico se puso el condón. No tengo que dar detalles de qué edad tenía cuando pasó o si fue producto de una violación, no explicaré nada, porque sea como sea, la mitad de las personas que están leyendo esto me juzgarán  (sin siquiera conocerme) y la otra mitad hará un ejercicio de empatía poniéndose en mi lugar. Pero todas tendrán una opinión firme al respecto de lo que hice: decidí abortar, y con este tema no hay medias tintas.

En mi caso, tomar la decisión no fue difícil. Cada instante transcurrido entre el positivo y el aborto fueron momentos de ansiedad y nerviosismo por que llegara el momento pronto, también sentí incertidumbre por cómo sería. No tuve miedo. Mi aborto no fue traumático, ni tuve que sufrir como desgraciadamente muchas mujeres lo han hecho, se realizó con todas las garantías médicas  y no me dejó secuelas físicas.

Inmediatamente al salir de clínica mi sentimiento era de alivio, noté que volvía a tomar las riendas de mi vida, que tenía el control. Para mí todo esto sería un capítulo cerrado.

Pero me equivoqué, con el paso de las horas empecé a sentir un intenso y negativo sentimiento de angustia,

decidí abortar

Mi decisión de no traer al mundo un hijo era tan clara como la línea roja del test de embarazo.

no pude más que echarme a llorar y tocarme el vientre, al principio lo achaqué a las hormonas, pero con el tiempo empecé a sentir dudas, no de mi ideología proeleccionista, sino de haberme tomado el tiempo suficiente para meditar mi situación (debido al crecimiento del embrión, obviamente esta decisión debe ser tomada firmemente lo más pronto posible)  Conscientemente era una mujer empoderada que desafiaba al patriarcado, haciendo uso de su derecho legítimo y legal de elección, pero inconscientemente comencé a tener dificultades para relacionarme, me sentía vulnerable y deprimida, no entendía por qué me sentía así, y me culpabilizaba por tener esos sentimientos, tenía vergüenza y se fueron opacando mis días.

 

 

¿Y qué hago con mi mente?

Nunca me imaginé que necesitaría ayuda profesional para afrontar la decisión que tomé firme y conscientemente (y de la que no me arrepiento) ¿Por qué necesitaría yo un psicólogo si tengo claro que es la decisión correcta?

El cerebro humano es un laberinto complicado y a veces hace falta que alguien nos ayude a descifrar las pistas para no perdernos.

¿Se había filtrado en el interior de mi ser alguna doctrina moralista sin que yo me hubiese dado cuenta? ¿Desde cuándo albergaba mi mente una imposición cultural de culpa? ¿Me plantee en algún momento si estaba abortando un feto de mi cuerpo o si era una madre que mataba a su hijo? ¿Y si un día quiero ser madre? ¿Es ira o decepción esto que siento cuando recuerdo este momento? ¿Y por qué no puedo recuperar mi vida sexual con normalidad? La respuesta a todas esas preguntas no las tenía la psicóloga, estaban en mí y no sabía cómo llegar a ellas. En su consulta aprendí a aceptarme, entenderme y no juzgarme. Comprendí que no existe ningún síndrome post aborto (la posibilidad de tener problemas emocionales graves después de un aborto son tantas como pueden haber tras un parto o cualquier otra circunstancia importante en la vida), que cada persona asimila las decisiones que ha tomado de una manera diferente, asumí que interrumpir un embarazo no deseado, como todas las decisiones de la vida, tiene consecuencias, y fue así como después de pocas sesiones el dolor que estuvo atormentándome durante meses desapareció.

Soy valiente, soy igual de fuerte que cuando decidí poner fin a mi embarazo, pero ahora me he reconciliado con mis sentimientos y mis pensamientos, sigo manteniendo que el útero de una mujer debe ser un lugar inexpugnable para el resto de la sociedad. Un sitio donde solo ella puede gobernar y decidir.

 

 

 

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