24 de noviembre de 2022

Crónica de una desaparición anunciada: relaciones tóxicas

Conoces casualmente a alguien.

Suele ser en un momento que os viene bien a ambos. El sitio es lo de menos, en el trabajo, en clase de guitarra, en una cena de amigos, el Tinder, en una cafetería ordinaria.
Por motivos circunstanciales se produce una chispa y comienza un intercambio de mensajes, llamadas y citas. La idea es conocerse.

Al principio es una proyección de cine maravillosa. Idealizas y te dejas idealizar, es un goce, una alegría. La vida es bella.

La desidealización

Pasa el tiempo y la realidad va cayendo por su propio peso, las idealizaciones no se sostienen y es momento de cambiarlas por lazos más reales. Aquí se producen los primeros desencuentros.

Lo más sano es ir sustituyendo la idealización por la visión real, pero cuesta hacerlo de forma madura, nuestra niña interior berrea.

Entonces empieza el baile. Recibes una de cal y otra de arena, a veces eres una maravilla para el otro y otras, sin saber porqué, no le gusta nada de lo que haces.

Se gesta el machaque mental: “qué he hecho mal, qué he dicho, qué puedo hacer….”
¡pero no! No depende de lo que hagas. 
Pero tú en ese momento no lo sabes porque te han educado para complacer, y generas indefensión aprendida.

Esto quiere decir que lo que ocurre es independiente de lo que hagas, así que empiezas a probar conductas, pero no tienes control sobre la situación.

Recibes refuerzos sorpresa según las proyecciones del otro, porque los demás también tienen sus neuras, oiga, pero sigues sin verlo.

Y terminas por quedarte pasivamente esperando… “a ver cómo está hoy, ¿tendrá un buen día?” 

La caída

Cambias cosas, y cedes, y te adaptas, y te sobreadaptas, y empiezas a tener miedo de ser como eres, a mostrarte con espontaneidad. Necesitas desesperadamente que te validen.

Mides cautelosamente tus actos, tus palabras, tus tiempos….solo para volver a recibir una maravillosa mirada como las que recibías al principio. Te vuelves yonki de esos gestos de amor.

Dejas tus cosillas a un lado, pueden esperar, priorizas la relación para salvarla. ¡Tienes que remontarla! Te obsesionas, tu yo va desdibujándose, cada vez estás menos fuerte, cada vez eres más marioneta. En lugar de irte te quejas con voz débil.

Y entonces llega lo inesperado: reproches por tus cambios sobreadaptados. Te trata con desprecio por complacerle. Esto es violencia. Eso ya te deja KO. Confusa, frágil, sin autoestima, sin identidad. Y sin entender nada.

Te quejas y reclamas, pero ya no tienes fuerzas ni voz.

La recuperación

Si esta dinámica se mantiene en el tiempo, terminas por “desaparecer”, por dejar de sentir quién eres, de hecho ya se te han desdibujado los límites. Puede acabar en una depresión severa. 

Pero si tienes suerte, se rompe la relación.

Al principio crees que te vas a morir, te sientes abandonada en un rincón por inservible, no tienes energía para nada, no eres capaz de mirarte. Nada tiene sentido y sigues dando vueltas en la cabeza a lo que podías haber dicho o hecho.

Pero no. Poco a poco empiezas a mover tus dedos, tu mente y tu voz. Es como una rehabilitación. En estos casos la terapia es una gran ayuda.

Y, aunque ahora no lo creas, de verdad, confía, vas a estar bien, vas a volver a ser tú.

Artículo escrito por Silvia Igualador, psicóloga.