Cuando todo esto pase

“Todo esto pasará y tú ya no estarás pero, sabes, jamás te voy a olvidar”.

“La vuelta a la normalidad va a ser difícil. Lo digo en serio. He estado encerrada en casa durante más de un mes. Es verdad que no ha sido traumático, no puedo decir lo contrario, al menos no traumático como se supone que tiene que ser un trauma, en plan película. Al principio, cuando todo eran risas, chistes, llamadas y vídeo llamadas, todo era más o menos fácil. La incertidumbre quizás jodía un poco el ambiente, pero qué era lo peor que me podía pasar, yo soy invencible, siempre lo he sido (creérselo es importante). Lo soy y punto.

El caso es que pasaron los días y pasaron las semanas y ahora no hay un solo día que no pierda los nervios, es como tener los días de antes y de después de la regla (otro día hablamos de eso) cada 24 horas varias veces (aquí me gustaría ser americana y decir what a fucking day, que siempre suena mejor, ¿jodido día?, no, definitivamente, no suena igual. Cada fucking day. Cada puto fucking day, como dicen las puto modernas, holi, holi).

Quizá debería contaros algo más bonito, algo que no os retumbe cuando os vayáis a la cama, pero son las 2 de la madrugada y aquí estoy, aprovechando mi ventanita de creatividad. Os reiréis, pero así es. Al final no he encontrado musas, pero sí que me he dado cuenta de que cada cierto tiempo, a veces tarda días, puñetera, aparece en mi cabeza una ventana de creatividad, ventanita más bien, y tengo que aprovecharla, porque yo escribo, de eso vivo, queridos. Lo que pasa es que es una cachonda y no siempre lleva un horario regular. Ella se organiza y me trae las ideas… cuando le da la puñetera gana. Así es la vida y así estoy yo, sentada delante de mi ordenador de madrugada, tecleando y llorando a la vez.

Cuando todo esto pase

Todo va bien

El caso es que, laboralmente hablando, nada puede ir mejor. Mentira, todo puede ir mejor. De hecho, podría tocarme la lotería y entonces enseñaría el culo a tanta gente… Pero ni lotería hay en este confinamiento de mierda, que me estoy gastando los chines en comprar comida y más comida, cuando yo lo que quiero es gastármelo en lotería y vivir la ilusión del quinielista de Sabina, al menos por unas horas a la semana. Si no hace falta que me toque; si yo de ilusión también vivo, si es que hasta tengo el premio ya repartido, quién no ha hecho las cuentas de la lechera alguna vez.

Pues eso. Al final, bajándome los pantalones ante mi ventanita de creatividad, logro sacar mi curro adelante e, incluso, disfrutarlo. De hecho, feliz (siendo ésta una palabra peligrosa y bastante indefinida en estos momentos, muy diferente de cómo la habría descrito yo hace poco más de un mes) de no tener reuniones presenciales y más que feliz de no tener que ir de un lado a otro con la cámara, el trípode y el equipo de iluminación (que antes he dicho que vivo de escribir, pero que también hago fotos, si es que valgo pa ́tó, que dirían algunos, me lo quitan de las manos, que no tengo abuela, oiga). Yo creo que por eso no crezco; tanto peso de acá para allá no puede ser bueno.

Pero todo esto pasará, es una ilusión, todo es mentira… o a mí me lo parece. Volverán las reuniones absurdas e interminables, volverá la gente a ser desagradecida y a dejar de sentir que tiene que andarse con pies de plomo con los demás sabiendo que estamos todos al límite, volverá el mundo a ser lo que era. Y yo ya no tengo paciencia. Porque la he perdido. ¿Volveré yo a ser la que era?

Cada día me duermo pensando que mañana será otro día, que mañana seré mejor… y eso no llega.

Vídeo vida social

Siempre he sido de calle y de terraza, de monte y de corros, pero aquí me tienes, que no. Que no soy yo, que me la chufla no poder salir, esa es la verdad. Cada día más. No es que tenga miedo (miedo, ¿yo?), nada que ver. Tampoco es inseguridad, ni agorafobia; eso es lo que tenía mi gata. No. Me asusta pensar que la vida social que tenía me da tan exactamente igual como para no tener ganas de coger el teléfono más que a habas, digo, personas, contadas.

Llegará un momento en el que habrá que volver a las calles, volver a encontrarnos, llegará el momento de los abrazos y los besos y de esos achuchones que todos dicen querer desear… Pero a mí eso me agobia más que el primer día de colegio después del verano. O el último. Todo el mundo tan efusivo, todo el mundo tan triste por despedirse, como contento por volver a verse. Que no es que yo no lo estuviera, sólo que a mí no me gusta que me toquen, nunca me ha gustado el roce, que algunas de mis amigas me dicen que eso es porque soy vasca, vete tú a saber, el caso es que yo soy de abrazos concretos a personas concretas, y no siempre son a las que más quiero. Me gustaría que la vuelta fuera un hola con sentimiento, con más o menos sentimiento en función de las personas que te encuentres, y listo.

Lo releo y no me gusta; lo de los abrazos y los besos, que esto va a ser como el reencuentro universal. Eso sí que me da miedo, puede que más que miedo sea agobio. Sí, es agobio.

Cuando todo esto pase

Lo que el confinamiento me dejó

Pienso mucho en cómo me voy a sentir cuando todo esto acabe. No quiero que termine hasta que esté lista, el confinamiento, digo; la parte mala, sí, esa que acabe, la de las muertes y los contagios, gracias. Me repito más que la cebolla, pero es que me tiene frita la gente perfecta. Que no, carajo, que no. El otro día vi una tipa que se hizo una foto en la cama, con sus sábanas blancas y bien planchadas y su mejor lencería y debajo ponía que ese día estaba reglosa. ¿Reglosa? Eso no se lo cree ni tu (puta) madre. Reglosa estás cuando te haces un ovillo en la cama, con tus bragas viejas, tus ojeras y a todo llorar, pensándote una mierda y sintiéndote pulga perruna. Eso es estar reglosa, y así es como estoy yo ahora, cada día; no a todas horas, pero viene y va, va y viene.

Así que, antes de que nos liberen, yo necesito encontrar mi equilibrio, sentir que realmente he aprovechado el encierro a nivel personal (siempre a nivel personal, eso es lo importante, por ahí va la vida, que no os engañen con bonus y ascensos –mal momento para eso, por otro lado- a cambio de los mejores años de vuestra juventud, tic, tac, tic, tac). Me da miedo que todo esto pase y yo no haya sido capaz de terminar un día, sino queriéndome, aceptándome y sintiendo que, ese día, he cumplido, sea lo que sea eso; supongo que uno lo sabe cuando pasa. Es difícil en estos tiempos pero, oye, estamos viviendo un momento histórico, yeiiiiii…

Sobre todo, lo que no me deja dormir es que mi yo regloso 24/365 del confinamiento esté traumatizando de por vida a mis hijos. Ahora no hay apenas sitio ni momento donde esconder mi noria emocional. Dónde lloro yo sin que me vean los ojos hinchados, cómo disimulo mi mala hostia no (muy) justificada, qué les digo cuando exploto sin (demasiada) razón…

Así que yo necesito, antes de volver a la vida real, dejar de llamar vida real a la que vendrá y ser consciente de que la vida, la real, la mía, la vida que se me escurre entre los dedos, es la de ahora, la de antes y la que vendrá.

Tiempo muerto

Es como si alguien hubiera dicho, ey, ey, dale a pausa, algo no marcha bien, y todos estamos aquí esperando a que ese mismo individuo, sea quien sea, vuelva a darle al play. Tampoco sé para qué. No sé qué esperar del después:

  • –  Que todo cambie
  • –  Que todos seamos mejores
  • –  Que la vida, de repente, sea rosa
  • –  Que deje de sentirme reglosa 24/365
  • –  Volver a ser yo

Qué sé yo. Sé que no vamos a ser mejores, porque hay gente que, desde sus balcones (que es el nuevo anonimato de Internet, pero en carne y hueso) e incluso cara a cara y al mismo nivel de la calle (esto es sólo para los valientes; metetes, pero valientes al fin y al cabo), juzga y sentencia sin escuchar argumentos ni hacer gala de la más mínima empatía, llegando incluso a llamar a la policía. Esto ya es una cosa que sé: no vamos a ser mejores. También tengo la seguridad de que los animales, después de repensarlo, no están tomando las ciudades. Puede que siempre estuvieran ahí, lo mismo que el agua de la playa de delante de casa de mis padres se ve más clara porque nadie la chapotea y no hay barcos moviéndola y azuzando el barro de sus fondos. Otra cosa más para mis saberes coronianos. Y poca cosa más te puedo decir que sé, poca cosa más, y eso que, en este momento, me vendrían bien algunas certezas.

El caso es que, al contrario de cómo pensaba que iba a reaccionar, yo también estoy en pausa, aletargada, incapaz de moverme. Nos han dicho que no nos movamos, físicamente hablando, y yo, vaya usted a saber por qué, he dado al botón de OFF total y he apagado mi sistema. Está claro que el sistema que he apagado no es el emocional; ese no sólo no está apagado, sino que está en un after de fiestón, con pastis de colores y música a tope (si alguien sabe cómo –cojones- apagarlo, que me lo diga).

Quiero querer volver a ser la que era en la época A.C. (Antes del Corona Virus, que es así como deberíamos referirnos a los años a partir de ahora; A.C. y D.C, tampoco es tanto cambio, un guiño, si acaso). Una pilas, una emocionada, una Juana de Arco que no siempre elegía las mejores causas por las que luchar, una reglosa mensual (una vez al mes, por favor, volvamos a eso), una tipa bajita, sin tetas, con el culo un poco grande, el pelo más liso que una carpeta y manos de escaladora, a la que no le gusta que le abracen, más que determinadas personas, que no siempre son las que esperan ser. Una chica de Bilbao, demasiado chula a veces, faltona otras, en ocasiones tímida, con un humor negro del que me río sola, de sonrisa fácil y genio rápido, lengua viperina, con problemas a la hora de combinar ropas y colores y que, a veces (casi siempre) sentencia cuando habla. Bueno, pues todo eso (y más) que ya saben las personas que me conocen; pocos secretos, más los que quizás jamás, ni ahora, voy a contar.

Sentimientos finales

Os diré que yo, a día de hoy, bueno, en la noche de hoy, que ya me han dado las 3 de la mañana -manda carajo la Doña ésta, prefiero las musas-, me siento así:

– Injusta (con mis hijos, con mi familia, con mis amigos y hasta conmigo)
– Insegura (de mí misma, del amor, de la vida)
– Frustrada (cada día)
– Cansada (muy cansada)
– Enfadada (conmigo misma)

¿Se podría resumir todo en reglosa? Sí. Se podría definir como reglosa, pero un estado regloso permanente que sólo se lo deseo yo a mis peores enemigos.

Ea, a seguir haciendo balconing, mientras aprendemos a gestionar todo esto, que no es poco.

*Balconing, dícese del nuevo movimiento social de moda, por el que unos llaman a otros y los otros se asoman al balcón. No hay serenata, pero sí conversación”.

La situación emocional de Carmina, es una forma muy habitual de sentirse. Pero aunque el dolor de la vida es inevitable, el sufrimiento se puede trabajar, se puede reducir.
La gestión emocional es algo que depende de ti. Si lo necesitas, pide orientación.
Una terapia te ayuda a vivir las cosas de otra manera.

Cuando todo esto pase

Carmina es una escritora colaboradora del Centro, que pone en palabras con cierta dosis de humor, las angustias cotidianas que nos preocupan a todo el mundo.

Artículo escrito por Carmina.