EL Cuento del Melocotonero

Un cuento para entender y aceptar las diferencias y para ayudar a mejorar el autoestima.

El Cuento del Melocotonero

“Había una vez un melocotonero que vivía muy triste porque sus ramas le parecían débiles y demasiado torcidas; porque sus hojas apenas abrigaban sus ramas, y porque sus frutos le parecían pequeños e insípidos, faltos de color y de aroma….
 
No, nuestro amigo, el pobre melocotonero no estaba contento de sí mismo, no se gustaba, y por ello pensaba que no gustaba a nadie.
 
Y esto le hacía estar siempre triste y muy, pero que muy preocupado. No hace falta decir que al vivir siempre con esta preocupación había ido perdiendo la confianza en sí mismo.
 
Por ello, cuando alguien pasaba a su lado, prefería que no le viese y hacía grandes esfuerzos para pasar inadvertido.
 
Si le hacían alguna pregunta, se encogía, y sin pensárselo demasiado contestaba que no lo sabía, o bien daba la razón al otro antes incluso de haber tenido tiempo de pensar lo que le decían: no quería dar su opinión sobre nada, porque pensaba que seguramente acabaría equivocándose….
 
¡Mirad, pues, si tenía que sentirse desgraciado nuestro amigo!
 
El pobre melocotonero estaba inseguro de sí mismo.
 
No tenía opinión propia y si la tenía no la hacía valer nunca y en ningún sitio.
 
En los momentos de mayor tristeza, el pobre árbol sentía ganas de ser como el cerezo que tenía cerca, junto al camino. –“Este cerezo si que es bonito”- pensaba; y hacía cuanto podía para parecérsele.
 
Quería tener sus hojas, su tronco, su fruta…pero no, por más esfuerzos que hacía y por más que lo intentaba, no lo conseguía nunca: jamás consiguió dar ni una cereza.
 
Y entre tanto, mientras se esforzaba en ser como el cerezo, olvidaba cultivar sus propias aptitudes y cualidades, y sus frutos, los melocotones, eran cada vez más pequeños e insípidos. Y todo él se iba descuidando más y más y se empobrecía.
 
Un día, mientras cavilaba, acerca de su desgracia y de todo lo que le pasaba, cansado ya de lamentarse, se quedó contemplando a su vecino el cerezo, detenidamente, de arriba abajo, y casi sin darse cuenta la pasó una cosa extraordinaria: empezó a ver su situación de un modo distinto a como lo había visto entonces.
 

somos distintos”-pensó-

 
Mirándolo bien esto no significa nada, tampoco estoy mal.
 
Mis frutos son más pesados y no tienen la gracia y la agilidad de las cerezas, pero el color de mi piel y este tacto tan suave que parece de terciopelo, no lo tienen las cerezas…
 
Aquel mismo día, y quizá porque se abrió a ver las cosas de otra manera.
 
Oyó cómo alguien que pasaba elogiaba a una niña pequeña, diciéndole que su piel parecía la de un melocotón, de tan bonita y suave… y él se sintió orgulloso,
y fue entonces cuando llegó hasta su nariz de madera el aroma de sus frutos en sazón, como un aliento aromático que le produjo un estremecimiento de alegría que recorrió de arriba abajo todo su ser, desde la punta más profunda de sus raíces hasta la última hoja de su rama más alta….
 

Alguna cosa había empezado a cambiar en su vida.

 
Nunca dejó de sentir admiración por el cerezo, pues en verdad era un árbol muy bello.
 
Siguió siempre admirándolo sin envidia, ni celos, honradamente y sobre todo sin hacerse daño a sí mismo.
 
Ya no intentaba imitar a su vecino ni ser como él, había empezado a aceptarse a sí mismo tal y como era.
 
Y mira qué pasó; a medida que el melocotonero quería ser melocotonero y se sentía satisfecho de serlo, se esforzaba más y más en mejorar su aspecto y su forma: el tronco, las ramas, las hojas, tenían que ser lo más fuertes posible.
 
Y sus raíces, aunque estaban ocultas bajo tierra, también se hacían mucho más firmes y se agarraban más y más fuertemente a la tierra, absorbiendo con fuerza el agua, de modo que nuestro amigo, bien alimentado y bien sujeto a la tierra, se sentía cada vez más vigoroso.
 
Cada vez era más él mismo, cada vez trataba de parecerse más y más a lo que era, aceptando las diferencias:  UN MELOCOTONERO”.