El peso de la perfección

Como bien dice la canción del grupo Sidecars, “Bienvenida a este mundo imperfecto”. Razón no les falta, y menos mal que es así. Hace 45 años, una jovencísima gimnasta de 14 años se presentaba al mundo entero en unos JJ.OO, ante la mirada de millones de espectadores. Nadia Comaneci, considerada una de las mejores deportistas de la historia, conseguía una puntuación en su ejercicio de “10”. Fue tal el acontecimiento histórico, que incluso el marcador no estaba preparado para esta puntuación, ya que nadie lo contemplaba, así que se anotó con un “1.00”. Aquel ejercicio, es denominado para muchos especialistas “la perfección”.

En este año tan complicado, finalmente se pudieron celebrar los Juegos Olímpicos, que tantas pasiones desatan por sus deportistas y estrellas mundiales. Una de ellas era sin lugar a dudas la gimnasta estadounidense Simone Biles, considerada la heredera de Comaneci. Biles ya ha demostrado al mundo su talento y trabajo en numerosas ocasiones a pesar de su juventud, pero eso parece no ser suficiente. La gente pide más, hasta llegar a niveles insospechados. Si no les dan lo que esperan, se enfadan o lo que es peor, te lo recriminan. Y así ha sido lamentablemente. Sin embargo, Simone Biles ha dado todo un ejemplo a la sociedad y ha visibilizado la importancia que es cuidar la salud mental para cualquier persona.

“Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos. Esto no es simplemente salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos. Es más importante la salud mental que el deporte ahora mismo”
afirmaba la gimnasta tras su retirada en la competición.

Referentes reales

Los jóvenes necesitan referentes que hablen abiertamente de estos problemas y que “humanice” a aquellas personas que ven, de alguna manera, inalcanzables. Se nos ha inculcado la educación del éxito, señalando a aquel que tropieza. Y esto es terrible.
Aquel que tiene una menor puntuación en clase, es señalado; aquella que tiene algún problema físico por su constitución, es señalada; aquel que tiene problemas para relacionarse con la gente, es señalado. Y una larga lista que lamentablemente se amplía. Yo formé parte de esta lista, hasta llegar a lo que anteriormente denominé límites insospechados.

Durante mi juventud, mi cuerpo pasó por diferentes etapas, de las que en su momento uno no es consciente. Forma parte de la vida, o eso dicen. De chico, como dicen los argentinos, experimenté los dos lados de la balanza, nunca mejor dicho. En una primera etapa, era un chico que se solía calificar como “rellenito”. Odiaba ese término, me sigue pareciendo estúpido. ¿Cuántas veces lo habré escuchado? Ese “rellenito” tuvo una infancia feliz, disfrutando de los amigos, el colegio, el deporte y esos lujos que a medida que te vas haciendo mayor más añoras.

En aquel momento, uno no está pendiente de si realmente es necesario perder peso o no, pero cuándo tanta gente te lo decía, era por algo. Y así fue, después de mucho tiempo empecé a perder peso y a dejar de comer aquellos alimentos que frecuentaba como si de un bar de alterne se tratara. Fue un reto mayúsculo, para un chaval que por su constitución tendía a tener unos kilos de más y que la cocina era una de sus pasiones, fue realmente duro. Hasta que llegué al denominado “peso ideal”. Sigo pensando que eso no existe. Los chicos y chicas deben tener mucho cuidado con este término, al igual que aquellos profesionales que predican con palabras grandilocuentes.

La salud mental

Sin embargo, de un día para otro, mi vida cambió. Y esto es así, cuándo menos lo esperas, todo puede cambiar, para lo bueno y en este caso para lo malo. En mi familia nunca se había hablado de la salud mental, por desconocimiento o por ausencia de casos positivos, como dirían los epidemiólogos. La carga viral en este caso fue enorme y muy duradera. De un día para otro, empecé a tener unos “vicios” peligrosos. Aquellos vicios eran como una droga para mí, al principio te parecen algo normal y hasta gratificantes, pero a la postre te consumen. Y de repente mi cabeza y mi cuerpo dijeron basta. Game over.
Se dice que la adolescencia es una etapa de cambios en el cuerpo y en la actitud de las personas. Algunas personas otorgan como una causa principal el entorno de la persona. Esto no va así. Cada persona es un mundo, y cuando veamos más mundos, saldrán más personas expresando estos problemas.

Estuve durante casi cuatro años recuperándome de un trastorno de alimentación, más concretamente de la enfermedad comúnmente conocida como anorexia nerviosa, junto a una dura depresión. En la que hasta el día de hoy ha sido la etapa más dura de mi vida, fue la etapa de mayor aprendizaje. Nunca pensé que el ser humano y su mente fuese capaz de llegar hasta situaciones tan límites. Lo peligroso de esta enfermedad es, además de que perjudique a tu salud mental, es que repercute a tu salud física. Llegué a un punto en el que era incapaz de moverme por mi propio pie. Después de un enorme sacrificio de mi familia, de los maravillosos profesionales que tiene nuestra sanidad pública, mis amigos y como no de mí mismo, conseguí salir de aquel pozo que en un momento vislumbraba sin salida.

Por eso celebro que se hable abiertamente de estos problemas. ¿Acaso se ocultan enfermedades tan duras como el cáncer? Algún día llegará el momento que se normalice estas enfermedades como si una lesión del ligamento o unos puntos de sutura se trataran. Los jóvenes viven en una sumisa incertidumbre que hagan que se debatan cada día haber escogido un camino u otro.
Pero esto va más allá de una generación, estos casos tocan a todas las edades, por eso no podemos hacer oídos sordos. Se debería enseñar los beneficios de la salud mental en las escuelas e invertir más en recursos para que se puedan ayudar a las personas. La vida más allá del aprendizaje profesional y laboral, la inteligencia emocional es un pilar imprescindible.

Estamos a tiempo de ponerle solución, sino todo caerá por su propio peso.
El peso de la perfección.

MANUEL BARUQUE MARIJUÁN