El Síndrome de la Impostora existe, y yo lo tengo

“El Síndrome de la Impostora es femenino, forma parte de nuestro imaginario o, al menos, forma parte del mío. Cuántas mujeres, cuántas de nosotras vivimos con el miedo a ser descubiertas. Cuántas somos las que pasamos por la vida asustadas y con la cautela de las fugitivas. Cuántas.

¿Qué es el Síndrome de la Impostora?

No sabría explicártelo con palabras científicas, yo no sé de eso, pero sé que me vas a entender cuando te diga que son sensaciones, es el miedo a que alguien se dé cuenta de que no vales lo que cree(s), de que alguien diga que lo que tú haces no tiene mayor dificultad y que, de hecho, no eres tan buena haciéndolo, es la manera en que te sientes hormiga y gigante a la vez, en función del día, eso ya no lo eliges tú. Es saber que, una mañana, te vas a levantar y te van (te vas) a decir que qué cojones, que qué andas haciendo, que mejor te dediques a hacer punto de cruz. No sé si me explico. No sé si me entiendes. Soy una impostora, ¿y tú?

Amanezco y soy Dios. Así, en mayúsculas y bien gritao. Me como el mundo. Soy buena, todo está bajo control. Pasa el día con esa sensación ma-ra-vi-llo-sa que te da ir por la vida con los labios pintados de rojos y esos tacones, tú me entiendes. Llevar las uñas pintadas de rojo también ayuda. Me salgo. Es un gran día, aún incluso cuando no haya hecho nada. A quién le importa.

Amanezco y soy Mierda. Así, en mayúsculas y bien susurrao. El mundo me come. Soy mala, todo me supera. Pasa el día con esa sensación te-rri-ble que te da ir por la vida con el pelo sucio, las bragas regla y la suela del zapato medio despegada, tú me entiendes. Van de descubrirme, lo van a ver. Van a saber que no sé nada, que no sé lo qué hago. Me muero. Que pase rápido el día, que pase ya, por Dios.

Y al día siguiente todo está bien. El resultado no está tan mal, vuelvo a engañarles una vez más. Estoy a salvo. Igual ese es mi verdadero talento: sé cómo engañar a la gente para que crea en mí. No será para siempre pero, por ahora, me vale. Lo compro. Gracias universo.

Soy grande, soy diminuta. Te lo crees, me descubres. No soy tanto. Pequeña… soy pequeña… muy pequeña.

El Síndrome de la Impostora existe, y yo lo tengo

Hay muchas impostoras en el mundo

Todo lo anterior me ha pasado, a quién no. Más o menos un 70% de las personas, no ya sólo mujeres, pasan por esto de manera permanente –putadón- o temporal –suspiro de alivio-. Casi un 70%, eso es un porrón de gente. Y, ¿entonces? Sí, es lo que piensas, nos estamos engañando los unos a los otros. Quizá ninguno seamos tan bueno como creen (creemos) o sí. O mediocres, lo mismo todos somos del montón. Hola a todas, hola a todos, ¿formamos un club? ¿Nos hacemos fuertes? ¿Triunfamos y nos lo creemos por una vez?

Te cuento mi vida

Aquí voy a hacer un inciso y te voy a contar mi vida, yo he venido aquí a hablar de mi libro, ya sabes. La verdad es que, aquí donde me lees, llevo semanas dándole vueltas a este artículo, se me ha resistido el cabrón y, sabes qué, no es porque sea mejor o peor escribiendo ni es que mi retraso (en tiempo, no mental, que a veces también, no te voy a mentir) sea por ninguna inseguridad… Al final, después de muchos días, de muchas palabras escritas y borradas, me he dado cuenta de que no podía avanzar… porque lo que escribía no era verdad.

Voy a contarte cómo un jefe que tuve me dijo que yo era un caballo de carreras lento, y yo le dejé avasallarme, humillarme y hasta me lo creí. Voy a contarte cómo sudaba y cómo me trababa cuando aparecía mi jefa. Cómo era incapaz, literalmente, de hablar en las reuniones, aún sabiendo que tenía la información correcta, aún sabiendo del tema todo y más. También podría hablarte de los días sin dormir antes de una presentación, importante o no, de las dudas constantes, de cómo me disfrazaba para ser lo que no era, de cómo me comparaba con quien fuera, de cómo me sentía mierda, de cómo no era feliz, de cómo me frustraba pensando que yo era mucho mejor que todo eso… y a la vez no sentía serlo.
El Síndrome de la Impostora es así. Lo sabes y no lo sabes. Lo sientes, y no. Si lo sufres, sabes de lo que te hablo.

El tema es que yo estuve ahí, fui mierda y Dios a la vez, incluso ambos al mismo tiempo, con el desequilibrio que eso conlleva. No es que ahora sea mejor, no, qué va, no van por ahí las cosas. Es que ahora me lo creo. ¿El qué? Lo que sea. Sin necesidad de pintarme los labios de rojo -a veces sí, pero es por otros motivos-, sin tacones, sin disfrazarme.

Ayuda psicológica

¿Ha sido fácil? No. ¿Lo he conseguido sola? Definitivamente, no. Además de amigos, compañeros y demás familia de cercanos, he tenido ayuda psicológica.

¿Era necesario? Totalmente. ¿Por qué? Porque en ese momento no tenía herramientas, el pozo era tal que no había manera de salir, por esto y por tantas otras cosas. ¿El resultado? La maravilla. ¿El proceso? Largo y duro, pero taaaaaaan gratificante, casi como hacer pan en casa, como comer tomates de tu propia tomatera, como abrir un bote de mermelada casera, ahora que está tan de moda todo esto. Siente el placer de imaginarlo.

Claro, esto tiene trampa, como todo, maldita letra pequeña. En mi opinión, si has sido una impostora, lo eres para siempre. Es decir, puede volver a pasarte, a pasarme… pero la diferencia es que sabes, sé, cómo afrontarlo. He aquí el porqué, al contrario de lo que mi YO de hace tantos años diría, de pedir ayuda pro-fe-sio-nal. Amigos bienvenidos; familiares incluso. Pero, a veces, no basta con eso. Hay gente que estudia esto, amiga, hay gente que sabe cómo ayudarte a salir del pozo (de éste y de muchos otros). En cualquier caso, lo de pedir ayuda es necesario. Eso sí, no es más que eso, una ayuda; la que te sacas las castañas del fuego eres tú. Por eso, cuando terminas el proceso, eres tan fuerte.

Por todo lo anterior, este artículo se me estaba haciendo bola. He intentado revivir todo aquello y me parece mentira que fuera yo la misma persona. Me dan ganas de volver atrás y decirle a aquél que caballo de carreras lento… su puta madre; ojalá pudiera decirle a la otra que yo sé de lo que hablo y lanzarme a convencerla… pero sobre todo me gustaría volver atrás para hablarme y convencerme de que podía con eso y con más, como todos, ni más ni menos.

A veces más que todos, a veces menos. Y que no pasa nada. Que, como una vez me dijo alguien, todo el mundo caga, todo el mundo LA caga. Y pocas cosas son el fin del mundo. Vamos, lo que viene siendo, darme un poco de cariño a mí misma, quizás al estilo Bilbao, pero cariño al fin y al cabo, en plan rudo pero sincero, en plan colleja amorosa, en plan mueve tu culo nena, que se te va a quedar carpeta y demuestra lo que vales. Pues eso. Que ya no soy esa, pero que soy gracias a ella.

¿Cómo saber si tienes el Síndrome de la Impostora?

En cualquier caso, tener el Síndrome de la Impostora no mola. ¿Lo tienes? Sé sincera:

  • A veces te comes el mundo, pero de repente te sientes incapaz. Es más, ¿fluctúas entre saberte la mejor y el sentimiento de fraude total?
  • ¿Alguna vez has dicho o sentido “no puedo hacer eso” o “soy un fraude”?
  • Sientes que te estás dejando llevar y que, en realidad, tus éxitos se deben a la casualidad y no a tu trabajo. Tu frase preferida es “no sé qué estoy haciendo, soy una impostora, se van a dar cuenta y esto se va a acabar”?
  • ¿Piensas que no eres tan inteligente como creen?
  • ¿Te cuesta aceptar cumplidos? 
  • ¿Cuando alguien habla de lo que has conseguido como si fuera algo de otro mundo, te ves diciendo que no es para tanto y pensando por dentro que ni mucho menos tiene tantísima importancia?
  • ¿De qué hablas más de tus errores o de lo que has hecho bien? Porque si es de los errores…
  • ¿Cuántas veces te comparas con otras personas al día? 

Hola, qué tal, ésta era yo. Bienvenidos a lo que fue mi mundo.

¿El Síndrome de la Impostora es un problema mental?

Cada día se habla más y con más naturalidad de los problemas mentales (G-R-A-C-I-A-S). Si te digo la verdad, no tengo ni idea de si el Síndrome de la Impostora es un problema mental o no, si tiene una categoría definida o no, qué manía con poner etiquetas a todo. Lo que sí que es verdad es que me provocaba situaciones de mierda y sensaciones de mierda y, cómo no, me hacía sentir una mierda. Mierda, mierda, mierdaaaaaaaa… Quiero repetir esta palabra millones de veces cuando recuerdo esa parte de mi vida, vamos a llamarlo –jodido- crecimiento personal. Digo “a veces”, porque otras me salía, y ni lo uno ni lo otro. Que la mayoría estamos en la media y chispúm, para qué engañarnos, vamos, que ni tanto ni tan calvo, por decirlo de otra manera.

A lo que iba, ¿problema mental? Piedra en el camino, diría yo. Por qué llamarlo problema. O sí, porque un problema es algo a solucionar y el Síndrome de la Impostora, sin duda, lo es. Hay que solucionarlo. Dejarlo estar no ayuda a tu felicidad, como no ayudó a la mía.

El Síndrome de la Impostora existe, y yo lo tengo

¿Cómo solucionarlo?

Hay cosas que puedes hacer por ti misma como:

  • Empezar a aceptar los cumplidos sin justificarte, dando simplemente las gracias y, sobre todo, sin hacerte de menos.
  • Asumir que el mundo no gira a tu alrededor. Vamos que no eres el centro del universo, que nada importa tanto y qué si fulanita es mejor y qué si has metido la pata y qué si no sabes tanto de tal tema y qué si lo sabes todo.
  • Dejar de compararte con gente, no mola y no ayuda.
  • Si tienes un éxito disfrutarlo, te lo has ganado, no es por casualidad.
  • Hablarte con cariño, date amor.

Y, si la cosa no mejora, pide ayuda. Pedir ayuda es de valientes y de guapos. Repito: pedir ayuda es de guapos. (Postdata, cuando hablo de “ayuda” me refiero a ayuda profesional, que para el mal de amores y para ahogar las penas en alcohol ya están los colegas).

Ea, a comerse el mundo, muchachas, que nosotras lo valemos y, si nos lo creemos, más. Mucho más”.

Artículo escrito por Carmina.