“No podemos patologizar la diferencia”

Continuamos con la conversación  con Fran y Marjorie Gutiérrez, psicóloga del centro Argensola, que mantuvieron algunas semanas atrás.

Si quieres ver el principio de esta conversación, está en el post «La mayor violencia es el no reconocimiento».

En este post tratamos directamente de las violencias a las que se pueden enfrentar las personas trans, la importancia de cómo ser nombrado y cuál es el rol que la psicología ocupa en todo el proceso de transición por el que pasan.

Me gustaría que me hablaras de la violencia familiar, el rechazo que a veces implica y cómo lo has vivido tú.

Del rechazo de la gente cercana he aprendido mucho, sea como sea la reacción, siempre provoca cosas. A veces incluso no desde el rechazo sino experiencias bonitas.

Hay mucha gente que, si tiene rechazo familiar, termina saliendo, yéndose fuera, depende de cada caso. Conozco algunos amigos que se han tenido que mover de su país, y esto puede complicarlo todo: no encuentran trabajo, hay racismo, hay muchas historias de ese estilo.

Las familias, por mi experiencia, hacen llevar doble vida.

Eso es muy común: cuando vas a la familia eres una persona y con los amigos otra. Yo he tenido una mini pesadilla donde pienso, si me muero, el entierro va a ser un caos: gente llamándome con diferentes nombres, mi familia pensando quién coño es este, y para mí, mi objetivo es que eso no ocurra.

Cómo poder ir uniéndolo. La metáfora para mí es que el día de mi entierro puedan hablar de la misma persona, que no estén hablando mis amigas de Fran, y mi familia diga quién es Fran y mi familia diga que ha pasado con María. Para mí al final es eso.

¿Ha sido muy difícil que para tu familia puedas ser Fran?

No, pero cada historia es particular.

Por ejemplo a mi hermano le conté cómo me sentía y siempre ha sido un punto de apoyo. La gente cercana me llama Fran en masculino. Es un extrañamiento muy potente, mi cuñado me llama en masculino, mis sobrinos también.

Mi madre, sin embargo, que tenía casi 75 años cuando se lo dije, no me entendió. Ella sigue pensando que soy lesbiana, y le tuve que decir: “mamá yo me siento un hombre”, le dije eso, lo que no le he dicho a nadie, para que me entendiera y no pudo.

Para ella no existe ese registro de transexualidad, y también la entiendo, pero ya es una situación muy surrealista. La gente de mi familia me ve y me llama Fran en masculino y mi madre me ve y me dice “hola mi niña” con todo el cariño del mundo. Una de las cosas que más pensaba al respecto era ¿para qué voy a hacer esto? Con mi padre ha sido muy bonito, porque me llama Fran, y a mí no me ha dicho nada, pero a mi hermano le dijo “tendremos que informarnos para apoyarle”.

Son procesos diferentes, con la gente cercana está la inercia de que te conoce en femenino, te tienen asociado con el articulo “la” y es difícil. Este es otro tipo de resistencia, las que son por inercias, por ejemplo, yo tengo ex-parejas que me dicen que cambiarme el nombre es como que ellas sienten que se pierde algo de eso vivido con ellas. También hay veces que la gente solo reacciona por enfrentamiento.

¿Crees que la gente no es consciente de lo importante que es que puedas ser nombrado?

Lo que yo creo es que no son conscientes de la importancia, de que si la gente cercana no te reconoce, no te reconoce nadie. La identidad es relacional, si no me reconoce mi gente cercana, me vuelvo loco: si mi gente no me reconoce me están quebrando. Es algo fundamental, es como respirar. Porque para mí, que no me reconozcan por la calle, o incluso en el DNI me duele, pero lo que realmente me importa es que me reconozcan en mi familia, la gente con la que yo me muevo.

¿Y en el trabajo? ¿Cómo es el proceso?

En el trabajo se viven esas violencias que debes vivir para poder contarlo. Yo trabajo en una institución pública y “salí del armario trans” en una reunión en los ruegos y preguntas, lo pasé fatal. Fue decir públicamente a toda la gente: “A partir de ahora quiero que me llamen Fran, en masculino”. Es un acto que te vulnerabiliza. Son violencias necesarias para poder conseguir cambios. Para mí eso fue un paso. En mi trabajo hay algunos que lo hacen mejor y otros con más dificultades. Una de las respuestas más violentas que recibí por un compañero del trabajo fue cuando me dijo “¿qué necesidad tienes de complicarte la vida?”… además de que se te queda grabada, te vuelve.

Otro tema típico es que en toda la información de la institución (en el correo, horarios, etc.) viene mi antiguo nombre, ahora en la Comunidad de Madrid han aprobado una nueva ley que es bastante abierta y una de las cosas que te permite es que puedas exigir que en cualquier instancia te reconozcan con el nombre que tú quieras, sin necesidad de hacer un cambio a nivel oficial estatal.

Este año hemos tenido un chico trans como alumno: se me acercó y me preguntó: “¿Puedo poner mi nombre en los trabajos que te presente? Estoy en transición”. Claro, a mi no tuvo que explicarme más. Le dije: “tú pon el nombre que tú quieras”. Con esta nueva ley, las cosas van cambiando. Pero hace unos años viví con una chica trans una serie de violencias, porque tenía que ir a cada profesor y explicarles que en la lista ponía Carlos pero ella era Carla y se negaron a facilitarle el cambio de nombre aunque fuera a nivel informal.

¿Y la psicología?¿Cómo se encaja en todo esto?¿Cómo lo aborda?

La psicología creo que ha contribuido mucho a ese dualismo, ha contribuido a entender “masculinidad” y “feminidad” como rasgos de personalidad fijos y excluyentes. Me parece básico cuestionar eso.

Existen test que miden feminidad y masculinidad como test de personalidad. El MMPI tiene este tipo de escalas y son las que se utilizan para el diagnóstico de gente trans. Y el problema es que utilizar estos tests, para mí, parte de un problema conceptual básico: confundir identidad de género (sentirse hombre, mujer o ninguna de las dos cosas) con masculinidad/feminidad.

Creo que la psicología no lo tiene claro: por ejemplo, si yo voy al psicólogo, porque quiero hacer mi proceso de cambio, y doy alto en “feminidad”, es como si me restara puntos. No sé hasta que punto se lo toman en serio, pero todo esto contribuye a confundir. Y es básico poder aclarar las cosas: te puedes sentir un chico y que te guste sonreír, te guste bailar… Son cosas absurdas pero que confunden.

¿Cómo es el proceso de transición de cara a las autoridades médicas?

Tienes que ir a un psicólogo o un psiquiatra y pasar un diagnostico, que te ponga la etiqueta de “disforia de genero” que está en el DSM-5. Para eso, hay que pasar una serie de pruebas, entre ellas el test de la vida real. Un test absurdo que implica que vivas un tiempo determinado – creo que un año- con el género con el que te identificas y si ya consideran te desenvuelves bien y parece que lo tienes claro, entonces te ponen la firmita y puedes pasar al proceso de hormonación. Esto es muy violento, por ejemplo para la gente mayor, que lo tiene claro, o para una chica trans que necesita la hormonación, porque sin ella, vivir como una mujer es superviolento: con falda y barba, por ejemplo. Y eso no está contemplado.

También es cierto que en general los profesionales de la psicología quieren ayudar a la gente, muchos de ellos miran un poco a un lado o suavizan el protocolo. Lo mas violento en cualquier caso es que te digan: “Tú tienes una enfermedad mental, tienes disforia de genero”.

Además, el profesional de la psicología debe ser clave con los padres, para acompañarlos justo en este proceso de aceptación de la diferencia. A veces hay no aceptación y mucho miedo al rechazo: Primero tengo que aceptarlo yo para poder transmitir esa aceptación a mi niñx. Los padres muchas veces no tienen ese acompañamiento y es clave.

Yo he trabajado también con padres de niños y niñas intersex. Allí te dicen que el miedo a equivocarse es terrible, algunos me han llegado a decir que se han sentido un poco “como dios” porque sus decisiones han condicionado el sexo de los niños. Imagínate, deciden criarla como niña, pero tienen pánico si le gusta el fútbol. Y llevan una vigilancia brutal y se preguntan constantemente si la decisión ha sido la adecuada. Para mí es algo clave quitarles ese peso, porque si no la culpa les vuelve rígidos a la diversidad.

A principios del siglo XX, el ser trans se pensaba solo como esquizofrenia, psicosis, se pensaba como un desajuste a la realidad ¿Cómo ha cambiado eso a día de hoy?

Ahora, en el DSM-IV o DSM-5 es todo lo contrario a lo que ocurría antes, porque la presencia del profesional de la salud mental es justamente para determinar o excluir si existe algún tipo de psicosis. Hoy en día si alguien tiene esquizofrenia y es trans es imposible, y esto es otro tema, porque el diagnóstico se basa en “te pongo una enfermedad mental con el requisito de que no tengas una enfermedad mental”, es absurdo.

Tampoco es tan descabellado que a lo largo de un proceso sufras brotes y más si es violento. Por otro lado, no conozco a nadie que quiera ser trans por un delirio. También puede ser que quieras tener las tetas más grandes, y nadie te evalúa si es por un delirio o no…

Algo que a mí me sigue alucinando es leer en el DSM los criterios para diagnosticar transexualidad en niños: la coeducación, por ejemplo es un indicador: que a un niño le gusten más las muñecas o que le guste jugar más con niñas, se consideran coindicadores. Son esas cosas en la que creo que la psicología se tiene que modernizar. La psicología puede ser iatrogénica en sí misma. Utilizar conceptos como “anomalía”, “trastorno” o “disforia” es ponerle una etiqueta a alguien que lo único que quiere es encontrar una forma para sentirse mejor.

No podemos patologizar la diferencia.