La soledad en tiempos del Covid-19

Lo que quita el sueño a Carmina

Carmina es una escritora colaboradora del Centro, que pone en palabras con cierta dosis de humor, las angustias cotidianas que nos preocupan a todo el mundo.

Hace ya muchos días que nos estamos viendo obligados a estar con nosotros mismos. Sin caretas, sin artificios, algunos hasta sin maquillaje ni gafas de sol en las que parapetarse. Sólo nosotros.

El silencio en tu calle, en tu casa, en tu vida social… Hasta echas de menos a los que volvían de fiesta de madrugada, ojalá los vecinos liaran una como la de aquel día, cuando vino la policía… Si es que hasta el camión de la basura se ha vuelto más silencioso. ¿Estamos vivos? ¿Hemos muerto todos y esto es el purgatorio? ¿Qué es esto?

Esto es la vida, amigos, tan imprevisible como decíamos que era, sin creérnoslo apenas. Pues sí, y para muestra un botón. La vida viene y va, la gente nace y muerte y nosotros, queridos, también. Igual morimos, igual no del corona virus, puede que no sigamos la tendencia y, al salir de la cuarentena, nos caiga una maceta en la cabeza. Qué triste sería, pero puede ser. Con esto quiero decir que cualquier cosa puede pasar.

La soledad en tiempos del Covid-19

Obra de Valeriane Leblond

El tiempo ya no pasa volando

Los primeros días fueron un cachondeo, no lo niegues, mucha risa, mucho chiste por WhatsApp, más risas y mucho cacareo. Echo de menos esos días en los que, al menos, nos divertíamos. Que no digo yo que no haya que tomarse el asunto en serio, pero con humor, carajo, con humor. Reírse es bueno. Estamos cada uno en nuestra casa, con nuestro desorden y nuestras cosas, con nuestra comida en la cazuela y el primero en el plato, así que, al menos, riamos.

El día a día nos come. Esto es así, aquí y en Sebastopol, pero ahora no tenemos esa excusa. Nuestro día a día es lento y bien pausado, incluso aunque nos hagamos un horario y hagamos de él nuestra rutina. ¿Aún son las 12? Madredelamorhermoso, si sólo han pasado 10 minutos… Y así todos los días que dure el aislamiento, y esto irá a más, el hastío digo, la lentitud del tiempo, qué maldito que cuando algo te gusta pasa volao y ahora, que es aburrido como una gallina, va a paso de tortuga coja. Paradojas de la vida.

Cosas que te han dicho que tienes que hacer si vas a estar (y esto pinta que sí) mucho tiempo encerrado en algún sitio:

– Hacerte un horario
– Buscar rutinas
– Cumplir el horario
– Comunicarte con el exterior
– Hacer ejercicio, tanto físico como mental
– Vestirse cada día
– Ponerte objetivos

Estos días también cuentan como parte de tu vida

Pero, sabes qué, el tiempo que pasemos encerrados también se nos va a descontar de nuestras horas. Pueden quitarnos el alquiler de un mes, la cuota de autónomos, devolvernos los billetes de avión que habíamos comprado… pero estos días que pasamos más aburridos que un mono y sintiéndonos enjaulados, nadie nos los va a devolver.

Llegar a esta conclusión me ha producido cierto estrés, lo reconozco. Así que he hecho lo típico que te dicen todos esos expertos-en-todo-lo-que-se-menea (porque otra cosa no, pero expertos en corona virus, gestión de la soledad, del aislamiento y de su puta madre hay un porrón, incluso profesores y padres/madres súper héroes por todos lados, y yo con estos pelos) y que, alucina vecina, me ha ayudado, hacer una lista de cosas positivas de este aislamiento forzoso:

– No hay presión social
– Ya no hay prisas por ir de un lado a otro
– Ya no hay excusas, por fin tienes tiempo para hacer deporte en casa
– Esto significa la vuelta del placer de leer en un sofá tranquilamente
– La comunicación es la reina, comidas y cenas con sobremesa, incluso desayunos que se alargan
– Risas, muchas risas
– Hablamos más con todo el mundo
– Hay más tiempo para follar.

A cualquier hora, en cualquier momento. Además, todo esto del Corona Virus es el nuevo “el perro se ha comida mis deberes” y muchos han sido salvados por la campana. Todo vale, los plazos que vencieron incluso antes de la emergencia sanitaria. To-do.
Y, en realidad, qué más da. Si algo nos ha demostrado esto es que hay pocas cosas que sean realmente urgentes e importantes. Quizá urgentes, pero no importantes. O importantes, pero no tan urgentes. Ese dichoso cuadro que todos hemos hecho alguna vez, cuando intentábamos gestionar nuestro tiempo de una manera profesional. Pues eso. Que no hay mal que por bien no venga.
El caso es que hay que, de verdad, no en plan libro de autoayuda, pensar en positivo. Esto tiene muchas cosas buenas, lo de estar encerrado digo, porque lo del Corona Virus no tiene ni puta gracia. Es tu vida, aprovéchala incluso estando en estas circunstancias. Si lo pones en perspectiva, al menos nosotros estamos recluidos en nuestras casas, pero hay comida everywhere, tenemos de todo y, cuando sales a la calle, no hay un francotirador esperándote para hacerse con tu cabeza. Dicho esto, somos unos privilegiados.

Obra de Valeriane Leblond

¡A disfrutar del encierro!

Ya no hay estrés que valga. Quiero hablarte de ti, de mí, de nosotros y de la vecina del quinto derecha. ¿Te gustas? ¿Te gusta? ¿Me gusto? Y aquí retomo lo que decía antes de que el día a día nos come. Nos dejamos llevar por las circunstancias y, a veces, ni nos planteamos las cosas. Esto podemos tomarlo por el lado malo (quién es este petardo que tengo a mi lado) o, again, tomarlo por el lado bonito de la vida y recordar el primer día que os conocisteis, revivir esos momentos, apreciar lo que tienes, disfrutar del caos si tienes hijos y volverte niña otra vez… Esas cosas.

El caso es que hay días en los que los demás me caen gordos y otros en los que me caigo gorda yo a mí misma. Esta noche, sin ir más lejos, no he podido pegar ojo. Ayer perdí la paciencia, pegue un par de gritos, cometí un par de errores de esos que no hacen que se pare el mundo (eso sólo lo consigue a día de hoy el Corona Virus y chim pum) pero que joden por absurdos, y contesté peor de lo que debería a quien no se lo merecía. Que un día malo lo tiene cualquiera, que sí, pero que encerrados todo se magnifica. Ahora entiendo a los de Gran Hermano y sus crisis, a los de la primera edición, que la vi yo y toda España unida, arriba, arriba, que los de después ya me quitaron las ganas de perder el tiempo.

A lo que iba, que a veces, cuando nos paramos a analizarnos y no nos dejamos llevar por la vorágine que ahora no tenemos, no nos gustamos del todo. Y eso está bien. Ni tenemos que ser felices sempre ni tenemos que gustarnos todos los días. Lo bueno de los días malos, de descubrir cosas que no te gustan de ti misma, es que por la noche, cuando aparecen los fantasmas, los monstruos y los miedos, haces balance y te prometes que al día siguiente cambiarás esto o aquello. Y llega el día siguiente y vuelves a caer en lo mismo, pero puede que el día de después algo consigas cambiar algo, para gustarte un poquito más. Y esos cambios, amigos, son avance y avanzar siempre es bueno.

En cualquier caso, y más en este momento, pedir ayuda es de guapos. Es normal no gustarte, es normal ponerte nerviosa a ti misma, es normal que los demás haya días que te estorben y hasta que tengas pensamientos asesinos e insultos mentales a tutiplén. Si no puedes con la vida, pi-de- a-yu-da. Es más, es un buenísimo momento para coger el toro por los cuernos, sea cual sea tu toro, que cada cual lidie con el suyo.

El Apocalipsis ha llegado y nadie lo ha evitado

Me parece una táctica a tener en cuenta la de informar masivamente para acabar todos ignorantes. Hay tal batiburrillo de noticias falsas, noticias bienintencionadas, malintencionadas, etc., etc., etc., que a veces pienso que el Corona Virus son los padres.

Ya no leo nada, ni veo las noticias, hay poca cosa que consiga sacarme de mi letargo apocalíptico. Leo, escribo, saco fotos, hablo por teléfono lo justo y contesto los WhatsApp que me interesan, siempre de amigos y familiares. Y trabajo, que poco se habla de la vacuna de los autónomos, que no paramos ni a tiros. Sobre todo, porque si paramos, no cobramos; no hay mejor medicina en el mundo entero (y esto lo digo con sorna, léase con retintín y hasta con un pelín de tristeza y amargura). Tampoco salgo a aplaudir al balcón. Creo que la solidaridad reinante es más una manera de combatir la soledad que una solidaridad real. Estamos más o menos solos en nuestras casas, algunos solos de verdad, otros acompañados, pero lo peor son los que están acompañados y, aún así, están solos. Muchos habían tejido un entramado social en el que apoyaban su vacío existencial de una manera más o menos segura. Ahora ya eso no existe y necesitamos salir al balcón, el que lo tenga, a la ventana y hasta al tejado si hace falta, para demostrarnos que no estamos muertos, que el mundo no ha acabado y que, al menos, nos tenemos los unos a los otros. Esto es como aquel que tuvo un jamacuco del que casi no sale con bien y que, al cabo de 5 meses, ya estaba igual que antes, cometiendo las mismas barbaridades y jugándose la vida, sin importarle la segunda oportunidad recibida.

Pues eso, que espero que algo de esta solidaridad y esta hermandad, aunque en parte sea hasta egoísta, continúe tras el Apocalipsis, que de verdad aprendamos que solos no vamos a ninguna parte.