22 de mayo de 2014

¿Me exijo la perfección?

La perfección es un ideal deseable, pues nos impulsa. Pero deja de ser sano cuando existe la convicción de que cualquier cosa por debajo de ese ideal es inaceptable.

 

“Procurando lo mejor, estropeamos a menudo lo que está bien”. William Shakespeare

¿Me exijo la imposible perfección?

  • Pensamiento rígido. Me fijo en los detalles, teniendo problemas en ver la situación global.
  • Miedo a fallar, al cambio, a la inestabilidad.
  • Miedo a las propias necesidades, por temor a que al satisfacerlas llegue al descontrol.
  • Pensamiento dicotómico. Paso del blanco al negro, del todo al nada.
  • Dificultad para tomar decisiones, porque me cuesta encontrar la decisión perfecta sin renuncias.
  • Siento que cometer un error es catastrófico, exagerando sus consecuencias.
  • Exceso de autocontrol, que me dificulta actuar de manera espontánea. Trato de controlar conductas, deseos y emociones.
  • Elevado sentido del deber. Mis pensamientos y frases se suelen iniciar con “debería…”, “tendría que…”
  • Hipervigilancia. Esto conduce a un alto grado de tensión interna que no me permite abandonarse al momento presente. Continuamente me observo, juzgo y estoy pendiente de los demás.
  • En el ámbito laboral, el perfeccionismo puede convertirse en baja productividad ya que se pierden tiempo y energía en detalles irrelevantes de las actividades o tareas diarias.

¿Qué nos puede ayudar a manejar ese exceso de perfección?

Desbloqueando nuestra rigidez: Las cosas no son blancas o negras sino que existen matices intermedios. He de construirlos aunque al principio sea forzado.

  • Los errores nos enseñan, equivocarnos y aprender de ellos es la mejor forma de superación.
  • Lo que nos fortalece es tomar nuestras propias decisiones, no hay decisiones buenas o malas.
  • Desarrollando nuestra espontaneidad, improvisando, siendo creativos. Saliendo de la zona de confort, atravesando momentos incómodos.
  • Aprendiendo a disfrutar sin buscar éxitos productivos. Hacerlo porque sí.
  • Asumir poco a poco las pérdidas necesarias, abandonando los ideales utópicos que nos asfixian y oprimen de lo que no somos o no vamos a ser, para poder avanzar en la vida de forma más auténtica.