Salir de una enfermedad, por Gema

Hace  unos quince años que empecé con la enfermedad, casi todos los recuerdos que tengo son queriendo adelgazar…..fórmulas para adelgazar, haciendo ejercicio hasta el agotamiento para adelgazar y no disfrutar de la vida hasta que no adelgazara.

SALIR DE UNA ENFERMEDAD: LA CARTA BLANCA

Me van a dar la carta de libertad, voy a salir de esta cárcel…..bueno, llevo ya un tiempo con la condicional.

Hace cinco años empecé esta terapia.

El primer día mi terapeuta, después de contarle un poco mis antecedentes (Unos diez años vomitando, se derrumbó mi gimnasio matando a una alumna, me separé de mi entonces pareja, dejé toda mi vida en Cádiz y regrese a Madrid sin nada y arruinada) me preguntó qué quería… y yo le contesté: adelgazar.

Y cuando me pregunto qué sueños tenía… No tenía ningún sueño, ninguna meta, bueno si, adelgazar.

Lo primero que me pidió fue averiguar lo que quería, lo que me gustaría ser, en una palabra: que me escuchara.

Recuerdo que eso me costó mucho, puesto que siempre me tape la boca, mis deseos lo enterré muy abajo, porque había que hacer, había que ser, había que comer, lo que estaba estipulado, lo que se suponía que era mejor para mí.

Lo que descubrí, fue que quería ser bailarina por encima de todas las cosas.

Por una parte fue un alivio no tener que tapar más ese deseo y por otro lado, fue muy doloroso aceptar que ya era demasiado mayor para desarrollar todo el potencial que tenía.

Pero ahora sé, que siempre de una forma o de otra, la danza estará en mi vida, porque por eso si voy a luchar.

Lo siguiente que empezamos a trabajar fue poner límites, decir que NO cuando no quieres algo, cerrar la puerta de tu casa y solo abrirla a quien quieres dejar pasar.

Yo esa puerta la tenía abierta, entraban y salían cuando querían y para estar a solas me escondía en mi sótano…. Esta es la metáfora que le conté a mi terapeuta para explicar como me sentía.

Poner límites fue muy costoso, era más fácil decir que si a todo, no decepcionar a nadie, estar siempre estupenda, en resumen, tragar y luego vomitar.

Muy poco a poco fui escuchándome y poniendo ciertos límites y los vómitos empezaron a desaparecer.

En todo este camino, muchas veces me paré, me planté y no quería seguir.

No sabía si quería curarme, llevaba mas años enferma que sana.

Estar enferma me hacia diferente y yo creía que era la única forma de ser especial y si me curaba perdería mi identidad (la fachada que yo creé) siempre sonriente, nunca enfadada, nunca lloraba, nunca reía, en dos palabras nunca sentía.

En terapia, me enseñaron que todo estaba conectado:

Si nunca lloraba, nunca reiría. Si no sentía el enfado, no sentiría la alegría.

Y si no sentía hambre (cosa que no me permitía), nunca sentiría la saciedad (cosa que llevaba años sin sentir).

Ahora veo que estaba pagando un precio muy alto por querer ser perfecta.

Me enfado bastante, pero siempre estoy contenta.

Hoy por hoy, todavía no lloro mucho, pero si me río un montón.

Una cosa que me resultó muy difícil fue entender la distorsión.

Mirarse al espejo y verse realmente gorda, duele.

Hay veces que le pedía a mi novio que me dijera la verdad, la verdad de si había engordado, porque no confiaba en mis ojos.  Y cuando él me veía sufrir delante de un espejo, me decía, ojalá te vieras por los míos.

Aprendí a vivir con ello: a identificar que, cuando en la vida cotidiana algo me sucede y me enfada, o me molesta, si no lo identifico, mi  cerebro distorsiona mi realidad.

Muy poco a poco empecé a introducir alimentos que no me dieran miedo.

No sirve para nada comer de todo (lo que comen los demás y de la forma que la cocinan) si luego la vomitas.

Encontrar mi identidad  con la comida fue lo más lento y lo que pensaba que no conseguiría nunca, (Comer y dejármelo en el estómago sin sufrir) pero lo conseguí. Soy la que toma lentejas para desayunar.

Ahora me cuido, me mimo, me respeto…. En una palabra, me escucho.

Todo este camino no lo recorrí sola, ellos lo hicieron más fácil:

Ahora toca el momento de los agradecimientos.

A mis padres, hermanos y hermanas (mis cómplices en todo esto):

Que sufrieron tantos años esta enfermedad,  sin saber porqué su hija y hermana pequeña, con toda la vida por delante, se estaba matando de hambre y de vómitos.

Estaban perdidos, y yo no les dejaba  ayudarme,  pero en estos cinco años confiaron en mí, en la terapia y dejaron que yo tomara mis decisiones y las riendas de mi vida.

A mis amigas, mis almas gemelas:

Siempre a mi lado, en mis malos momentos (que fueron muchos) y en los buenos que cada vez son más, siempre haciéndome sentir querida.

A mi terapeuta, por salvarme la vida. Buen trabajo.
Y a mi gran amor, mi novio y padre de mi futuro hijo:

A él le conocí empezando la terapia.

Me costó mucho contarle toda la verdad, es algo que siempre escondí, que me avergonzaba.

No hizo preguntas, me escuchaba y no cuestionaba mis decisiones, siempre haciéndome sentir la mujer más bella del mundo.

A su lado todas las noches me acuesto riéndome. Gracias por un millón de pequeños detalles, por ser mi refugio, por hacerme sentir que a tu lado nada malo me puede pasar. Por ser lo último que veo al acabar el día y lo primero al empezarlo.

Gracias a todos por estar a mi lado y dejarme espacio para maniobrar.

Quisiera terminar con una conclusión. Nunca es demasiado tarde para nacer de nuevo.

 

Gema Rivas Relaño. 28 de junio de 2012

*El texto original, ha sido ligeramente editado, para facilitar su lectura en Internet.