El uso de pastillas para no sentir

“Estoy empezando a sentirme mal… ¡pásame esas pastillas!”

En nuestra sociedad actual, se ha producido un auge en las últimas décadas de la industria farmacéutica, cada vez existen más manuales psiquiátricos que describen numerosos síntomas y, por ello, los laboratorios se centran en encontrar el fármaco idóneo para cada síntoma o síndrome de turno.

El problema es que muchos de esos síntomas que aparecen como susceptibles de tratamiento psiquiátrico son reacciones normales que se han patologizando, es decir, sentirse mal, estar de bajón, tener inquietud, estar nervioso, sentir miedo, cada vez es menos soportable por nuestra sociedad. Vivimos en una cultura del hedonismo, del placer inmediato pero al mismo tiempo de la competitivad y productividad, parece que cuantas más cosas hagas más valioso eres… y además con buena cara.

Pero estos valores sociales chocan con ciertos estados emocionales y corporales, en definitiva, contra nuestra naturaleza, resultando incómodos, insoportables. ¡No hay tiempo para estar mal! Rapidez, eficacia, estar estupendos y contentos, funcionar sin fallos, poder con todo,… lo que no sea así, lo interpretamos como debilidad, como pérdida de tiempo, como inutilidad.

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  • “Anoche no podía dormir y para acostarme pronto suelo tomar una pastilla” .
  • “Mi pareja me dejó y estaba fatal, así que el médico me recetó antidepresivos”.
  • “Cada vez que quedo con una chica, en una cita, me ataco y tengo que tomarme algo para tranquilizarme”.
  • “Es un niño muy inquieto y para que atienda en clase y no moleste a los compañeros, le dan un fármaco para reducir su impulsividad”
  • “Tengo una exposición en público y me siento nerviosa. Me voy a tomar un ansiolítico para relajarme”.

Estos son algunos ejemplos de como situaciones de la vida cotidiana que provocan malestar e inquietud, son interpretadas como negativas y la solución es anestesiar a través del fármaco.
Muchos profesionales de la salud son cómplices de esta psiquiatrización del individuo, ya que se convierte el dolor o la angustia en emociones a evitar o taponar.
Pero también existe la tendencia, en muchas personas, a la automedicación. Ante la más mínima incomodidad o angustia, buscan el alivio inmediato a través de la pastilla “mágica”

 

La escucha al cuerpo


“Anoche no dormí bien, estoy agotado. Esta tarde me tomo 3 cafés para aguantar todo lo que tengo que hacer, además he quedado para cenar”.

No podemos renunciar a nada. En lugar de escuchar lo que nuestro cuerpo va necesitando (en este caso podría ser dormir una siesta o volver pronto a casa a descansar), creemos que no nos lo podemos permitir, queremos hacer todo, seguir forzando la maquinaria, a ser posible contento y feliz.

Creemos que los compromisos y los “tengo que” son más importantes que nosotros mismos, nos convertimos en marionetas arrastradas por las obligaciones autoimpuestas. Maquillamos nuestra armadura, que no se nos noten las debilidades, seguimos tirando del carro, ¿hasta cuándo?

En realidad, tarde o temprano, todo esto pasará factura a nuestra salud, física o psicológica. No hemos aprendido a escuchar a nuestro cuerpo, a respetar los propios ritmos, a darnos un tiempo para procesar y elaborar lo que vivimos. Fantaseamos estar entre algodones, amortiguar los golpes de la vida, casi no sentirlos.

¿Porqué no aceptamos que la vida conlleva dolor? ¿Porqué queremos pasar sobre las cosas como si nada? ¿Porqué no me permito simplemente estar mal? ¿Porqué no soporto estar triste, o angustiado, o cansado, o nervioso, o con miedos?

Así como como en la naturaleza existen los ciclos estacionales, lunares, de cultivo, los ritmos biológicos… el ser humano atraviesa procesos vitales inevitables, crisis, duelos, etapas… todo esto genera un malestar e incertidumbre. Se puede trabajar e intentar estar mejor y elaborarlo psíquicamente, pero la solución no está en la anestesia o el taponamiento.

Proponemos aceptar que hay situaciones en las que el cuerpo se pone en tensión, que hay que atravesar los duelos y llorarlos para que no se enquisten, que a veces estamos cansados, que los cambios nos provocan ciertos miedos naturales, que las crisis vitales son inevitables y hemos de atravesarlas, y sobre todo, que tenemos un mundo emocional variado e involuntario que no podemos controlar al gusto a base de pastillas u otras sustancias.

“No hay atajos, la cicatrización del corazón duele”