El primer día de terapia

“El otro día pensaba en las personas que vienen por primera vez a terapia.

El primer día. Llaman inquietos al timbre. Llevan tiempo indefinido dando vueltas, sopesando pros y contras, arrastrando nervios y dudas. “¿Cuándo pido cita?… mejor luego, o más tarde o mañana o pasado o ya si eso…”.
Y un día… dan el paso. Ole.

No siempre, pero la mayoría vienen con la angustia desbordada, perdidos o confusos, sin tener ni idea de a qué vienen, pero estando seguros, eso sí, de que ya no pueden seguir así. Sea lo que sea.

Llegan desconfiados, a hablar con un completo desconocido de sus miedos, fantasmas y problemas más íntimos, que ya han intentado solucionar de mil maneras y ninguna ha funcionado.

Llegan con la herida narcisista sangrando, y la armadura hecha trizas. Agotados.

Llegan sintiéndose débiles y no se dan cuenta de que en este momento, están siendo más fuertes que nunca.

Yo me lleno de admiración y ternura. Por el enorme respeto que merece la persona que se arremanga dolorida, para ponerse manos a la obra; que decide parar y mirarse a la cara en lugar de seguir barriendo bajo la alfombra; que decide ser consciente y no seguir tirando con el funcionamiento automático; que viene avergonzada mostrando lo que cree que son fallos o grietas, antes de saber que admitir esas fallas es un acto de salud.

Y entonces pienso: joder, pero qué valiente eres.
Y se lo digo.”

Artículo escrito por Silvia Igualador, psicóloga.