Ansiedad
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Emetofobia: el miedo a vomitar tiene nombre y tratamiento

Emetofobia: el miedo a vomitar

Alicia (nombre ficticio) llega a consulta. Viene, dice, por ansiedad. Pero al desplegar su historia aparece otra cosa: lleva quince años sin comer fuera de casa, revisa dos veces la fecha de caducidad de todo, evita aviones y viajes largos en autocar, y pospone la conversación sobre tener hijos porque las náuseas del embarazo la angustian desde antes siquiera de intentarlo. Nunca lo había contado: temía la media sonrisa de quien la escuchara. Cuando descubre que ese miedo tiene nombre clínico, que afecta a muchas más personas de las que imagina y que responde bien al tratamiento psicológico, algo se afloja. En este artículo explicamos qué es la emetofobia, cómo se manifiesta, qué se puede hacer desde la psicología clínica para recuperar la libertad que esta fobia acota y qué se juega de fondo en quien la padece: casi siempre, debajo del miedo concreto al vómito, hay una pregunta más amplia sobre el cuerpo, el rechazo y sobre quién manda en él.

Qué es la emetofobia y por qué no es un simple asco

La emetofobia es un miedo intenso, persistente y desproporcionado a vomitar, a ver vomitar a otros o a encontrarse en situaciones donde el vómito pueda ocurrir. El DSM-5 (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) la clasifica como fobia específica (situacional u «otras»), una categoría diagnóstica que comparte con el miedo a volar, a los animales o a procedimientos médicos.

Más allá de la categoría diagnóstica, conviene nombrar una función que el manual no recoge: la fobia organiza la angustia. Coloca un miedo difuso y abrumador (a que el cuerpo se descontrole, a que la propia vida se desborde, a perder el dominio) sobre un objeto concreto y evitable, dándole forma a lo informe. A través de un mecanismo inconsciente llamado desplazamiento, la mente traslada un terror interno e inmanejable hacia un escenario exterior que  se puede esquivar (no comiendo, no viajando). Esa es parte de la razón por la que el síntoma es tan persistente: no es un error a corregir, es una solución de supervivencia parcial que el psiquismo encontró para tratar con algo mucho más amplio.

A diferencia del asco circunstancial, que todos podemos sentir en un momento concreto sin que altere nuestra vida, la emetofobia se caracteriza por tres rasgos clínicos:

  • Persistencia: el miedo está presente durante meses o años, no responde a un episodio puntual.
  • Desproporción: la reacción es mayor de la que el estímulo real justifica.
  • Impacto funcional: modifica decisiones importantes de la persona (dónde come, con quién convive, si viaja, si tiene hijos, si acepta un empleo).

El vómito como ruptura: lo abyecto y lo Real

El vómito tiene una cualidad específica que lo hace particularmente cargado: es lo que estaba dentro y sale sin permiso, lo propio que se vuelve ajeno frente a uno mismo. La filósofa y psicoanalista Julia Kristeva llamó lo abyecto a esta categoría de experiencias: aquello que el sujeto expulsa para constituirse, pero que no queda ni del todo afuera ni del todo adentro.

Lo que la emetofobia teme no es solo el acto físico de vomitar: es la ruptura de la frontera dentro/fuera. Es la irrupción de lo que el psicoanalista Jacques Lacan llamaba lo Real: el cuerpo demostrando que tiene sus propias leyes, que no está totalmente domesticado por la mente ni por el lenguaje. Al vomitar, la ilusión de que el yo tiene el control absoluto se desmorona de golpe. Por eso el miedo a vomitar pesa mucho más que otros miedos corporales aparentemente equivalentes.

Los estudios de prevalencia estiman que la emetofobia afecta a entre el 0,1% y el 7% de la población general según la metodología empleada (van Hout & Bouman, 2012Veale et al., 2013), con un fuerte predominio en mujeres (aproximadamente cuatro mujeres por cada hombre). Pese a esta presencia notable, sigue siendo una de las fobias específicas más infradiagnosticadas: muchas personas tardan años en identificar lo que les ocurre porque nunca oyeron que existía.

Síntomas de la emetofobia

La respuesta emetofóbica activa simultáneamente el cuerpo, las emociones y la conducta. No es solo «tener miedo». Es una cadena de activaciones que se disparan en cuanto la persona detecta, anticipa o imagina una situación asociada al vómito.

Síntomas físicos

  • Náusea anticipatoria: la propia angustia genera sensación de náusea, lo que retroalimenta el miedo («si siento náusea, puede que vomite»).
  • Sudoración, taquicardia, temblor fino.
  • Tensión abdominal, opresión en el pecho, mareo.
  • Hipervigilancia interoceptiva: atención constante y selectiva a las sensaciones digestivas propias. Cualquier molestia estomacal se interpreta como señal inminente de vómito.

Conviene nombrar algo de esa hipervigilancia: no es solo vigilar señales corporales, es vivir a la defensiva dentro del propio cuerpo, como si el cuerpo fuese un enemigo impredecible al que hay que someter y no la morada que se habita. Esa posición disociada, la de ser espectadora desconfiada de una misma, es una pieza clave que el tratamiento va a tener que recolocar.

Síntomas emocionales

  • Miedo intenso ante situaciones que la persona asocia con riesgo de vómito (comida nueva, bebidas, movimiento, enfermedad ajena).
  • Ansiedad anticipatoria que puede empezar días o semanas antes de un viaje, una cena o un compromiso familiar.
  • Vergüenza y ocultamiento. Muchas personas emetofóbicas viven esto en el más absoluto de los secretos, sin hablarlo ni con parejas ni con amistades cercanas.

Conductas de evitación

Son las que, con el tiempo, acotan la vida de quien padece emetofobia:

  • Restricción alimentaria: no comer fuera de casa, evitar alimentos nuevos, restringir cantidades, repetir siempre los mismos platos «seguros».
  • Evitación social: rechazar bodas, comidas de trabajo, viajes largos, transporte público en hora punta, cruceros, montaña rusa.
  • Rituales de seguridad: llevar siempre bolsas de plástico, pastillas antieméticas, caramelos de menta, o planear obsesivamente rutas de escape de cualquier espacio cerrado.
  • Hipervigilancia del entorno: evitar a personas que tosen o parecen enfermas, retirarse si se oye hablar de gastroenteritis, cambiar de canal ante una escena de vómito.

Cuando estas conductas se instalan, la persona suele vivir la fobia como parte de su personalidad («es que siempre he sido así») en lugar de reconocerla como un cuadro clínico tratable. Si aparecen crisis de ansiedad agudas, puede resultar útil leer cómo entender y controlar un ataque de ansiedad.

Causas de la emetofobia

La emetofobia tiene una explicación multifactorial. Ninguna de las causas actúa por separado: suelen combinarse factores de aprendizaje, temperamento y la función psíquica del síntoma.

  • Condicionamiento clásico. Un episodio vivido de vómito propio o ajeno (una gastroenteritis intensa en la infancia, una intoxicación alimentaria, presenciar un vómito en un espacio público) queda asociado a una experiencia de pérdida de control. El cerebro generaliza que «vomitar» es peligroso.
  • Aprendizaje vicario. Crecer con una figura cuidadora emetofóbica o con una familia que transmite terror a los síntomas digestivos genera la misma respuesta condicionada sin necesidad de haberla vivido directamente.
  • Factores temperamentales. Rasgos como la sensibilidad a la ansiedad, la tendencia a la hipervigilancia corporal o una base obsesiva facilitan que la fobia arraigue.
  • Función psíquica del síntoma (el desplazamiento). Freud describió en Inhibición, síntoma y angustia (1926) que la fobia es una solución de compromiso. Cuando la angustia por perder el control de la propia vida o las propias emociones no encuentra palabra, se desplaza a un objeto concreto y evitable: en este caso, el vómito. Esta lectura explica por qué quitar la fobia sin entender qué estaba sosteniendo conduce a veces a la sustitución sintomática: si se desactiva el miedo al vómito pero no se trata el conflicto vital de fondo, aparecerá otra fobia, otra obsesión u otra forma del mismo control.

Una aclaración importante: no siempre hay un evento desencadenante identificable. Muchas personas no recuerdan ningún episodio concreto que explique cuándo empezó su miedo. Reconstruir la causa no es requisito para tratar la fobia; el tratamiento funciona igual sin esa pieza, aunque, cuando aparece, suele facilitar la elaboración de fondo.

Diagnóstico diferencial: cuándo no es emetofobia

Este es uno de los puntos donde un abordaje clínico riguroso marca la diferencia. El miedo al vómito o las conductas de evitación alimentaria asociadas pueden aparecer en varios cuadros distintos. Orientarse antes de iniciar tratamiento evita aplicar herramientas que no corresponden.

CuadroFoco principal del miedoConducta característica
EmetofobiaVomitar o ver vomitarEvitación de situaciones asociadas al vómito
ARFID (Trastorno por Evitación/Restricción de la Ingesta)Atragantarse, sentirse mal, vómito, texturaRestricción alimentaria severa con impacto nutricional
TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo) con obsesiones digestivasContaminación, enfermedadRituales de limpieza, comprobación, lavado
Hipocondría / trastorno de ansiedad por enfermedadTener una enfermedad graveConsultas médicas recurrentes, búsqueda de síntomas
Anorexia nerviosaGanar pesoRestricción con distorsión de la imagen corporal

Una misma persona puede presentar cuadros combinados. Es frecuente, por ejemplo, encontrar emetofobia junto a rasgos obsesivo-compulsivos, o emetofobia que ha derivado en ARFID tras años de restricción alimentaria. Por la relevancia clínica que tiene este cruce, tanto en frecuencia como en lo que ilumina sobre el fondo psíquico del cuadro, le dedicamos el apartado siguiente.

Emetofobia y trastornos de la conducta alimentaria: dos formas de controlar el cuerpo

Lo que la emetofobia y los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) comparten es más profundo que la coincidencia de algunos síntomas: comparten una forma de relacionarse con el cuerpo, entendido aquí como frontera entre lo que entra, lo que sale, y lo que no se controla.

La dimensión simbólica: lo que (no) tragamos

En psicoanálisis, comer nunca es solo nutricional: tiene que ver con cómo incorporamos al Otro: las demandas familiares, los afectos, lo que el entorno nos exige tragar. El miedo al vómito, leído así, es a menudo el miedo a no poder contener el rechazo. Vomitar es negarse radicalmente a asimilar algo; el pánico a que ese rechazo (esa rabia, esa «negativa a tragar») salga al exterior sin permiso es lo que, en muchos casos, sostiene la fobia. Lo que el cuerpo amenaza con expulsar es también lo que el sujeto no ha podido decir.

ARFID: cuando la emetofobia restringe la alimentación

El ARFID (Trastorno por Evitación/Restricción de la Ingesta, en sus siglas en inglés Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder) se incorporó al DSM-5 como categoría diagnóstica diferenciada. A diferencia de la anorexia, no hay distorsión de la imagen corporal ni miedo a ganar peso: la restricción se sostiene en otro motor: el miedo a atragantarse, a sentir malestar, a vomitar, a determinadas texturas.

En la práctica clínica, la emetofobia es una de las puertas de entrada al ARFID más frecuentes. Una restricción que empieza con «evitar lo que pueda darme náusea» se va consolidando hasta dejar un repertorio alimentario muy limitado, con consecuencias nutricionales reales: pérdida de peso, déficit de micronutrientes, alteración del crecimiento en niños y adolescentes. Cuando se llega a este punto, el cuadro requiere un abordaje doble: tratamiento psicológico de la fobia y acompañamiento nutricional que recupera variedad y cantidad sin reactivar el miedo.

Anorexia y otros TCA: una lectura común

La anorexia nerviosa se distingue de la emetofobia y del ARFID en lo manifiesto: lo que se controla es el peso, la forma, el aspecto corporal, y hay una alteración en cómo se percibe el propio cuerpo. Pero bajo esa diferencia hay un parentesco que la clínica psicoanalítica viene nombrando desde hace décadas: la centralidad del control sobre el cuerpo como lugar donde se juega algo más amplio.

Quien restringe lo que come, quien vigila si va a vomitar, quien evita situaciones donde el cuerpo pueda escapársele está, en muchos casos, sosteniendo con el cuerpo lo que no se puede sostener de otro modo: una pregunta sobre quién manda en una, sobre cómo separarse de las figuras tempranas sin perder el contorno propio. El síntoma alimentario o fóbico se vuelve, así, una armadura para sostener un yo que se percibe frágil.

Esto no convierte cada caso de emetofobia en TCA latente, ni viceversa: son cuadros distintos que requieren diagnósticos distintos. Pero sí orienta el trabajo clínico: cuando hay emetofobia con restricción alimentaria sostenida, conviene valorar siempre la dimensión TCA; y cuando hay TCA con marcado miedo al vómito o a perder el control corporal, conviene valorar siempre la dimensión fóbica. En Argensola este cruce se aborda con el equipo trabajando junto: nuestras psicólogas llevan la psicoterapia, nuestra nutricionista acompaña la recuperación del patrón alimentario sin reactivar el miedo, y, cuando hay sintomatología severa o comorbilidades, nuestra psiquiatra valora apoyo farmacológico.

Impacto en la vida diaria

El peso real de la emetofobia no se mide por la frecuencia de los vómitos (que en la mayoría de los casos es muy baja, precisamente porque la persona lleva años evitando cualquier situación de riesgo), sino por todo lo que la fobia acota alrededor:

  • Vida social. Cenas con amistades, bodas, eventos familiares, citas. Muchas personas emetofóbicas dejan de asistir o se marchan temprano para no pasar la noche fuera.
  • Vida profesional. Viajes de trabajo, reuniones con comida, traslados en avión, comidas de empresa. Algunas carreras se descartan silenciosamente por incompatibles con la fobia.
  • Vida familiar. El embarazo se vive con especial angustia. Las náuseas del primer trimestre son un activador diario y, simbólicamente, el embarazo es la experiencia más radical de un cuerpo que escapa al propio dominio. La crianza genera culpa cuando el hijo vomita y la respuesta no es la que se espera de una figura cuidadora, reactivando a veces heridas tempranas propias.
  • Vida personal. Deporte con movimiento, cine, ocio, viajes. Todo lo que exige confiar en que «no va a pasar nada» durante unas horas puede volverse inalcanzable.

En los casos más severos, la restricción alimentaria asociada puede derivar en pérdida de peso clínicamente significativa y en el cuadro mixto emetofobia + ARFID descrito.

Tratamiento de la emetofobia: dos niveles de trabajo

La emetofobia es altamente tratable con psicoterapia, y la evidencia más sólida apunta a la combinación de TCC y exposición gradual (Veale et al., 2013van Hout & Bouman, 2012). Conviene, como en otros cuadros, distinguir dos niveles de trabajo que se complementan.

Nivel práctico: TCC y exposición gradual

La Terapia cognitivo-conductual (TCC) aborda dos elementos simultáneos: los pensamientos catastrofistas sobre el vómito («si vomito, me ahogo», «si vomito delante de alguien, me humillaré para siempre») y las conductas de evitación que mantienen la fobia activa. Las intervenciones habituales incluyen:

  • Psicoeducación sobre el reflejo del vómito como mecanismo fisiológico protector, no peligroso.
  • Reestructuración cognitiva de las creencias catastrofistas.
  • Técnicas de regulación de la ansiedad anticipatoria.

Sobre esta base se construye la exposición gradual con prevención de respuesta, que es la herramienta con más evidencia: una jerarquía progresiva que va desde leer la palabra «vómito» sin evitarla, ver imágenes estáticas, escuchar audios breves, ver vídeos cortos, hasta tolerar situaciones sociales donde el riesgo percibido existe. La clave es la prevención de respuesta: no escapar, no tomar antieméticos «por si acaso», no pedir reaseguros constantes. Sin ese elemento, el cerebro no registra que la situación es manejable y la fobia se mantiene.

Nivel de fondo: qué está sosteniendo el síntoma

La capa anterior reduce el síntoma y devuelve libertad a la vida cotidiana. Hay casos en los que esto basta, especialmente cuando la fobia se ha instalado tras un episodio concreto sin un fondo más amplio detrás. Hay otros en los que conviene también trabajar la pregunta que el síntoma está sosteniendo: qué del miedo al descontrol corporal recoge una historia más larga, qué «no estamos pudiendo tragar» en nuestra vida, qué del cuerpo se vive como ajeno o como enemigo, por qué sentimos que ese cuerpo es un campo minado que hay que vigilar a tiempo completo.

Este trabajo, especialmente útil en cuadros crónicos o que ya han pasado por TCC con resultados parciales, es lo que evita la sustitución sintomática: que la fobia ceda pero aparezca otra forma del mismo control, ya sea restricción alimentaria, hipocondría o hipervigilancia obsesiva. En la práctica, los dos niveles no son secuenciales: muchas veces se trabajan a la vez.

Cuándo se valora apoyo psiquiátrico

En casos con ansiedad severa, comorbilidad con trastorno de ansiedad generalizada o TOC, o cuando la evitación alimentaria ha generado pérdida de peso importante, puede considerarse el apoyo de nuestra psiquiatra, que valorará en consulta si procede algún tipo de tratamiento farmacológico coadyuvante. Este apoyo se integra sin romper la continuidad con la psicóloga de referencia: la psicoterapia sigue siendo el núcleo del tratamiento.

Emetofobia en etapas vitales

Infancia y adolescencia

En la infancia, la emetofobia puede manifestarse como rechazo escolar, aislamiento social, resistencia a comer fuera de casa o ansiedad intensa durante los brotes estacionales de gastroenteritis. En la adolescencia aparecen cuadros de restricción alimentaria que a veces se confunden con un TCA primario y que, como hemos visto, pueden configurar un ARFID. La intervención precoz con psicología infantojuvenil es considerablemente más eficaz que esperar a la edad adulta y más sensible al fondo del cuadro, antes de que se cronifique.

Embarazo

Las náuseas matutinas del primer trimestre son un activador constante, y algunas mujeres emetofóbicas retrasan la búsqueda de embarazo o incluso lo interrumpen por la intensidad del malestar psicológico. Más allá del activador físico, el embarazo plantea en lo simbólico exactamente aquello que la emetofobia teme: un cuerpo que se transforma sin permiso, que aloja a otro, que deja de ser plenamente propio. Por eso suele ser una etapa donde el síntoma se agudiza y donde el trabajo terapéutico es especialmente productivo, porque la pregunta de fondo aflora con más claridad.

Crianza

La figura cuidadora emetofóbica vive con mucha dificultad los episodios de vómito de sus hijos e hijas, especialmente en lactancia y primera infancia. La culpa por «no estar a la altura» puede intensificar el cuadro. Abordarlo sin juicio, en un espacio clínico, ayuda a separar la fobia del rol de crianza y, a menudo, a reconocer qué de la propia historia infantil se está reactivando en el contacto con un cuerpo pequeño que sí se descontrola.

Cómo acompañar a alguien con emetofobia

Si la persona con emetofobia es tu pareja, familiar o amistad cercana, probablemente llevas tiempo navegando una fobia que no siempre se nombra. El acompañamiento más útil no consiste en quitar importancia ni en sobreproteger. Se basa en tres principios:

  • Reconocer la fobia sin patologizarla más de lo que está. No decir «no es para tanto» ni insistir en que debería «superarlo ya». Tampoco tratar a la persona como frágil permanentemente. La emetofobia es real y es tratable; ambas cosas caben en la misma conversación.
  • No reforzar la evitación. Cambiar planes sistemáticamente para complacer la fobia acaba consolidando el cuadro. Acompañar en la exposición gradual, al ritmo que la persona pueda tolerar, es más útil que protegerla de todas las situaciones.
  • Sostener sin rescatar en momentos de crisis. Si aparece una crisis de ansiedad aguda, estar al lado con calma, respiración pausada y lenguaje corto funciona mejor que preguntas insistentes o intentos de racionalizar lo que siente en ese momento.

El desgaste de acompañar una fobia prolongada es real y tiene nombre propio: fatiga de cuidadora. Cuidarte (terapia propia, grupos de apoyo, espacios sin la fobia) es parte del proceso.

Cuándo pedir ayuda profesional

No hay un umbral único. Cualquiera de estas situaciones es motivo suficiente para valorarlo con una profesional:

  • La fobia interfiere en decisiones vitales (viajes, trabajo, embarazo, relaciones).
  • Has empezado a restringir qué comes o cuándo comes por miedo a vomitar, especialmente si la restricción se ha sostenido en el tiempo.
  • Has tenido crisis de ansiedad asociadas al miedo al vómito.
  • La fobia está presente en tu entorno familiar y te preocupa su impacto en los niños.
  • Llevas años conviviendo con ella pensando que «es tu forma de ser» y quieres explorar si puede cambiar.

La primera consulta no compromete a iniciar tratamiento. Sirve para valorar qué está pasando, descartar cuadros relacionados (en particular la dimensión ARFID/TCA cuando hay restricción alimentaria) y explicarte qué opciones tienes.

Preguntas frecuentes sobre emetofobia

Se llama emetofobia. El término procede del griego émesis («vómito») y phóbos («miedo»). También se utiliza «miedo a vomitar» o «fobia al vómito» como denominaciones coloquiales.

El asco es una respuesta puntual y proporcionada ante un estímulo desagradable, sin conductas de evitación persistentes. La emetofobia implica un miedo crónico, desproporcionado y con impacto funcional: condiciona decisiones vitales y genera un patrón estable de evitación. Lo que el síntoma fóbico añade al asco es una función psíquica: aloja en un objeto evitable una angustia más amplia sobre el control del propio cuerpo.

La emetofobia responde muy bien al tratamiento psicológico. Con TCC y exposición gradual, una mayoría de personas recupera un nivel de funcionamiento normal. Lo que no siempre desaparece es una ligera sensibilidad al tema; lo que desaparece es la limitación vital. En cuadros más crónicos, el trabajo de elaboración paralelo a la exposición protege frente a la sustitución sintomática.

Depende de la gravedad, del tiempo que lleva instalada y de las conductas de evitación acumuladas. Un tratamiento típico puede durar entre 3 y 9 meses con sesiones semanales, aunque las primeras mejoras suelen notarse en las primeras 4 a 6 semanas.

Sí. Aunque suele iniciarse en la infancia o adolescencia, puede aparecer en la edad adulta tras un episodio desencadenante (una gastroenteritis severa, un embarazo con hiperémesis, un vómito en público) o de forma gradual sin causa clara.

Se puede reducir el malestar con técnicas de regulación de la ansiedad, pero la evidencia más sólida apunta a que la exposición gradual, con el ritmo que cada persona pueda tolerar, es la herramienta que modifica la respuesta fóbica de forma duradera. El trabajo se hace siempre a un ritmo tolerable y pactado.

Sí, y es uno de los cruces clínicos más relevantes. La restricción alimentaria sostenida por miedo a vomitar puede configurar un ARFID (Trastorno por Evitación/Restricción de la Ingesta). En estos casos el abordaje incluye acompañamiento nutricional además del tratamiento de la fobia, y conviene valorar también si hay un fondo común con otros TCA: aunque la imagen corporal no esté alterada, hay un parentesco en cómo se vive el cuerpo y su control.

No forzar, no minimizar y no reforzar la evitación. La consulta con una psicóloga infantojuvenil permite valorar si se trata de un miedo evolutivo normal, una fobia incipiente o un cuadro más complejo, especialmente cuando ya hay restricción alimentaria asociada. Cuanto antes se aborda, mejores son los resultados.

Reconocer que el miedo a vomitar está condicionando la vida es el primer paso; a Alicia le llevó quince años darlo. La emetofobia responde bien al tratamiento psicológico, especialmente cuando se aborda desde un equipo clínico que conoce la complejidad que a veces la acompaña, incluida la frecuente conexión con el control alimentario y la dimensión TCA. Y especialmente cuando, junto al trabajo conductual, se hace sitio a la pregunta más amplia que el síntoma está sosteniendo: qué del propio cuerpo se ha vuelto ajeno, qué se intenta dominar a través de lo que se evita, qué no se ha podido tragar. Si te identificas con lo que has leído, hablar con una profesional es más sencillo de lo que parece.

¿Hablamos?

Si llevas años ajustando tu vida alrededor del miedo a vomitar, ponerle nombre ya es parte del alivio. Aunque ahora te parezca que no vas a poder, podemos empezar despacio, también por lo que está sosteniendo el síntoma. Estamos aquí para acompañarte al ritmo que puedas sostener.

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Este contenido tiene carácter divulgativo y no sustituye una consulta profesional. Si experimentas síntomas de ansiedad que interfieren en tu vida diaria, o si la fobia ha derivado en restricción alimentaria sostenida, contacta con un profesional colegiado.

Referencias: Veale, D. et al. (2013). Cognitive behaviour therapy for specific phobia of vomiting (emetophobia). Cognitive and Behavioral Practice. · van Hout, W. J. & Bouman, T. K. (2012). Clinical features, prevalence and psychiatric complaints in subjects with fear of vomiting. Clinical Psychology & Psychotherapy. · American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5). · Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. Obras Completas, vol. XX. Amorrortu Editores. · Lacan, J. (1966). Escritos (Vol. 1 y 2). Siglo XXI Editores. · Kristeva, J. (1980). Pouvoirs de l’horreur. Essai sur l’abjection. Seuil [ed. cast.: Poderes de la perversión, Siglo XXI, 1988]. · Thomas, J. J. & Eddy, K. T. (2018). Cognitive-Behavioral Therapy for Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder. Cambridge University Press.

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